A este lado del paraiso
A este lado del paraiso Toda la Universidad soñaba despierta. Sintió una nerviosa excitación que bien podía ser el lento latido de su corazón: era una corriente cuyas fugaces arrugas, antes de arrojar la piedra, se desvanecen en el mismo momento de levantar la mano. No había dado nada, nada había recibido.
Un novato retrasado, su impermeable crujiendo ruidosamente, chapoteó a lo largo de la senda. Desde algún lugar, bajo una ventana invisible, una voz lanzó la pregunta inevitable: «¿Por qué no te arrancas la cabeza?» Y un centenar de pequeños sonidos que pululaban en la penumbra le devolvieron a la realidad.
—¡Dios mío! —gritó de repente y escuchó el sonido de su voz en el aire tranquilo. Rompió a llover. Durante un minuto permaneció inmóvil, con las manos crispadas. Se incorporó de un salto y se palpó la ropa.
—Estoy completamente empapado —dijo en voz alta dirigiéndose al reloj de sol.