El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Cuando volvà a West Egg aquella noche, temà por un momento que mi casa estuviera en llamas. Eran las dos y la punta de la penÃnsula fulguraba con una luz que caÃa irreal sobre los setos y producÃa destellos alargados en los cables eléctricos de la carretera. Al doblar una esquina, vi que era la casa de Gatsby, iluminada de la torre al sótano.
Al principio pensé que se trataba de otra fiesta, una francachela descomunal y salvaje que habÃa terminado con los invitados jugando al escondite por toda la casa. Pero no se oÃa un ruido. Sólo el viento en los árboles, el viento, que agitaba los cables y provocaba que las luces se apagaran y volvieran a encenderse como si la casa parpadeara en la oscuridad. Mientras mi taxi se alejaba gimiendo, vi que Gatsby se acercaba a través del césped.
—Tu casa parece la Exposición Universal —dije.
—¿S� —Se volvió a mirar, como ausente—. He estado echándoles un vistazo a algunas habitaciones. Vámonos a Coney Island, compañero. En mi coche.
—Es muy tarde.
—¿Y si nos damos un baño en la piscina? No la he usado en todo el verano.
—Tengo que acostarme.
—Muy bien.
Esperó, mirándome, conteniendo la impaciencia.
