El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Ese es el secreto del castillo de Rackrent[14]. Dile al chófer que se vaya y vuelva dentro de una hora.
—Vuelva dentro de una hora, Ferdie. —Y en un murmullo grave—: Se llama Ferdie.
—¿La gasolina le afecta a la nariz?
—No creo —dijo inocentemente—. ¿Por qué?
Entramos. Para mi sorpresa y confusión no habÃa nadie en el cuarto de estar.
—Bueno, esto sà que tiene gracia.
—¿Qué tiene gracia?
Volvió la cabeza a la vez que sonaban unos golpes suaves y solemnes en la puerta. Fui a abrir. Era Gatsby, pálido como la muerte; con las manos hundidas como pesas en los bolsillos de la chaqueta, sobre un charco de agua, me miraba trágicamente a los ojos.
Con las manos todavÃa en los bolsillos de la chaqueta, cruzó a mi lado el recibidor majestuosamente, giró de pronto como si anduviera sobre un alambre, y desapareció en la sala de estar. No tenÃa ninguna gracia. Consciente de cómo me latÃa el corazón, le cerré la puerta a la lluvia, que iba en aumento.
Durante unos segundos no se oyó un ruido. Luego me llegó del cuarto de estar una especie de murmullo ahogado, una risa interrumpida, y la voz de Daisy, clara y artificial.