El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Hubo también una interrupción en mis relaciones con él. Durante algunas semanas dejamos de vernos y de hablar por teléfono —la mayor parte del tiempo la pasaba en Nueva York, dando vueltas con Jordan e intentando congraciarme con su tÃa, un vejestorio—, pero fui por fin a su casa un domingo por la tarde. No llevaba allà ni dos minutos cuando alguien apareció con Tom Buchanan, a tomar una copa. Me sobresalté, como es natural, aunque lo verdaderamente asombroso es que aquello no hubiera pasado antes.
Eran tres, a caballo: Tom, un tal Sloane y una mujer muy agradable, con un traje de amazona marrón, que ya conocÃa la casa.
—Estoy encantado de verles —dijo Gatsby, de pie en el porche—. Estoy encantado de que hayan venido.
¡Como si a ellos les importara!
—Siéntense. Cojan un cigarrillo o un puro. —Se movió deprisa por la habitación, pulsando timbres—. En un momento estarán listas las bebidas.
La presencia de Tom Buchanan lo afectaba profundamente. Pero se sentirÃa incómodo de todas formas hasta que no les sirviera algo, pues en el fondo se daba cuenta de que ese era el único motivo por el que habÃan ido a su casa. Mister Sloane no querÃa nada. ¿Limonada? No, gracias. ¿Un poco de champagne? Nada en absoluto, gracias… Lo siento.
—¿Qué tal el paseo?