El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Será muy agradable —dijo mister Sloane sin la menor gratitud—. Bueno, creo que debemos irnos ya a casa.
—Por favor, no hay prisa —dijo Gatsby con calor. HabĂa recuperado el control de sĂ mismo y querĂa seguir hablando con Tom—. ÂżPor qué… por quĂ© no se quedan a cenar? No me sorprenderĂa que se dejara caer por aquĂ alguna gente de Nueva York.
—No. Ustedes se vienen a cenar conmigo —dijo la señora con entusiasmo—. Los dos.
Me incluĂa tambiĂ©n a mĂ. Mister Sloane se puso de pie.
—Vamos —dijo, pero sólo a ella.
—Hablo en serio —insistiĂł la señora—. Me encantarĂa que nos acompañaran. Hay sitio de sobra.
Gatsby me mirĂł, interrogándome. QuerĂa ir y no habĂa entendido que mister Sloane habĂa decidido que no fuera.
—Me temo que no puedo acompañarles —dije.
—Bueno, pues viene usted —insistió ella, concentrándose en Gatsby.
Mister Sloane le murmurĂł algo al oĂdo.
—No llegaremos tarde si nos vamos ahora mismo —contestó ella en voz alta.
—No tengo caballo —dijo Gatsby—. Montaba en el ejército, pero nunca he comprado un caballo. Los seguiré en el coche. Discúlpenme un momento.