El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Yo vivÃa en West Egg, el…, bueno, el menos elegante de los dos huevos, aunque esta sea la fórmula más superficial para expresar el raro contraste entre ambos, bastante siniestro. Mi casa estaba en el extremo del huevo, a unos cincuenta metros del estrecho, comprimida entre dos imponentes mansiones que se alquilaban a doce o quince mil dólares por temporada. La que se alzaba a mi derecha era colosal sin discusión, copia fiel de algún Hôtel de Ville de NormandÃa, con una torre en uno de los laterales, extraordinariamente nueva bajo una barba rala de hiedra joven, una piscina de mármol, y veinte hectáreas de jardines y césped. Era la mansión de Gatsby. O, con mayor precisión, puesto que yo no conocÃa a mister Gatsby, era la mansión de un caballero que se llamaba asÃ. Mi casa era un horror, pero un horror insignificante, en el que nadie habÃa reparado, asà que contaba con vistas al mar y a una parte del césped de mi vecino, además de con la reconfortante proximidad de los millonarios, y todo por ochenta dólares al mes.
Al otro lado de la pequeña bahÃa los palacios blancos del elegante East Egg rutilaban en el agua, y la historia de aquel verano empieza precisamente la noche en que fui a cenar a casa de Tom Buchanan. Daisy era prima lejana mÃa, y a Tom lo conocÃa de la universidad. Y, recién acabada la guerra, pasé con ellos en Chicago un par de dÃas.