El Gran Gatsby
El Gran Gatsby En una de las ventanas de la planta superior del garaje las cortinas se habÃan movido, entreabriéndose, y Myrtle Wilson miraba hacia el coche. Estaba tan absorta que no era consciente de que la observaban, y una emoción tras otra aparecÃan en su cara como objetos en una foto que se va revelando despacio. Su expresión era curiosamente familiar: era una expresión que yo habÃa visto muchas veces en caras de mujeres, pero que en la cara de Myrtle parecÃa gratuita e inexplicable hasta que descubrà que sus ojos, de par en par por el terror de los celos, no se clavaban en Tom, sino en Jordan Baker, a la que habÃa tomado por su mujer.
No hay confusión parecida a la confusión de una mente simple y, mientras nos alejábamos, Tom sentÃa los latigazos del pánico. Su mujer y su amante, hasta hacÃa una hora seguras y sin mancha, escapaban precipitadamente de su control. El instinto lo llevaba a pisar el acelerador con el doble propósito de adelantar a Daisy y dejar atrás a Wilson, y corrimos hacia Astoria a ochenta kilómetros por hora hasta que, entre los pilares como patas de araña del tren elevado, vimos el cupé azul que circulaba sin prisa.
—Los cines grandes de la calle Cincuenta están refrigerados —sugirió Jordan—. Me encanta Nueva York en las tardes de verano cuando no hay nadie. Tienen algo muy sensual, como de fruta madura, como si fueran a caernos en las manos todo tipo de frutas exóticas.