El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Está bien este sitio —dijo, mirando a todas partes con ojos inquietos.
Hizo que me volviera, cogiéndome del brazo, y fue señalando con la mano grande y abierta el panorama que se extendÃa ante nosotros, incluyendo en su recorrido un jardÃn a la italiana, dos mil metros cuadrados de rosales de penetrante e intenso olor, y una lancha motora, chata de proa, a la que zarandeaba la marea a poca distancia de la costa.
—Era de Demaine, el del petróleo. —Otra vez me obligó a volverme, brusco y cortés—. Entremos.
Atravesamos un vestÃbulo de techo muy alto hasta un espacio rosa y luminoso, que se unÃa frágilmente a la casa por dos puertas de cristales. Las cristaleras estaban entreabiertas y brillaban, blancas, en contraste con la hierba fresca del exterior, que casi parecÃa entrar dentro de la casa. En la habitación soplaba una brisa ligera: agitaba las cortinas como banderas pálidas y divididas entre el interior y el exterior, las retorcÃa hacia el techo, una especie de tarta de boda, y rizaba el tapiz de color vino, oscureciéndolo, como el viento oscurece el mar.