El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —No creo que lo haya querido nunca. —Gatsby le dio la espalda a la ventana y me miró, desafiante—. Acuérdate, compañero, de lo nerviosa que estaba ayer por la tarde. Él le dijo todas esas cosas para asustarla, para presentarme como si yo fuera un vulgar estafador. Y el resultado fue que al final ella apenas sabÃa lo que decÃa. —Se sentó, abatido—. SÃ, puede que lo quisiera un momento, cuando acababan de casarse, e incluso entonces me querÃa a mà más, ¿me entiendes? —Y concluyó con una observación extraña—: En cualquier caso, eso es algo personal.
¿Qué reacción cabÃa ante aquellas palabras, si no sospechar que la noción que Gatsby tenÃa del asunto superaba en intensidad cualquier medida?
Volvió de Francia cuando Tom y Daisy aún estaban de viaje de novios, y gastó lo que le quedaba de su paga de soldado en una visita desgraciada e inevitable a Louisville. Se quedó allà una semana, recorriendo las calles donde sus pasos habÃan resonado juntos aquella noche de noviembre y volviendo a los lugares apartados a los que iban en el coche blanco. Y, asà como la casa de Daisy le habÃa parecido siempre más misteriosa y alegre que las otras casas, una belleza melancólica seguÃa impregnando su idea de la ciudad, aunque Daisy ya no estuviera.