El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Esta tarde me es imposible. Tengo varios…
AsĂ estuvimos hablando un rato, y luego, de pronto, dejamos de hablar. No sĂ© cuál de los dos colgĂł el telĂ©fono bruscamente, pero sĂ© que me dio lo mismo. Ese dĂa no hubiera podido sentarme a hablar y tomar el tĂ© con ella, aunque eso me costara no volver a hablarle en mi vida.
LlamĂ© a casa de Gatsby al cabo de unos minutos, pero la lĂnea estaba ocupada. Lo intentĂ© cuatro veces. Por fin una telefonista desesperada me dijo que la lĂnea estaba a la espera de una llamada a larga distancia desde Detroit. MirĂ© mi horario de trenes y marquĂ© con un cĂrculo el tren de las tres cincuenta. Me retrepĂ© en la silla e intentĂ© pensar. Eran exactamente las doce.
Cuando aquella mañana pasĂ© en tren por los montones de cenizas, preferĂ sentarme al otro lado del vagĂłn. Supuse que en el lugar del accidente habrĂa una multitud de curiosos, y chiquillos a la busca de manchas siniestras en el polvo, y algĂşn charlatán que contarĂa una y otra vez lo sucedido, hasta que todo se fuera volviendo menos real, incluso para Ă©l, que ya no podrĂa seguir contado su historia, y la trágica gesta de Myrtle Wilson caerĂa en el olvido. Pero ahora quisiera volver atrás un poco y contar lo que sucediĂł en el garaje despuĂ©s de que nosotros nos fuĂ©ramos la noche anterior.