El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Ah, ¿te acuerdas —añadió— de una conversación que tuvimos una vez sobre conducir un coche?
—No, no me acuerdo.
—¿No dijiste que un mal conductor sólo está seguro hasta que se encuentra con otro mal conductor? Bueno, pues yo me encontré con otro mal conductor, ¿no? Quiero decir que, si me equivoqué tanto, fue por mi propio descuido. CreÃa que eras una persona bastante honesta y sincera. CreÃa que ese era tu orgullo secreto.
—Tengo treinta años —dije—. He rebasado en cinco años la edad de mentirme a mà mismo y llamarle a eso honor.
No me contestó. Enfadado, medio enamorado de ella y tremendamente dolorido, di media vuelta y me fui.
Una tarde de finales de octubre vi a Tom Buchanan. Iba andando delante de mà por la Quinta Avenida, alerta y agresivo como siempre, las manos ligeramente separadas del cuerpo como para defenderse de cualquier intromisión, y moviendo bruscamente la cabeza al ritmo de sus ojos inquietos. En el momento en que reduje el paso para evitar adelantarlo, se paró a mirar, arrugando la frente, el escaparate de una joyerÃa. Entonces me vio y retrocedió, tendiéndome la mano.
—¿Qué pasa, Nick? ¿Te niegas a darme la mano?
—SÃ. Sabes lo que pienso de ti.
—Estás loco, Nick —dijo—. Totalmente loco. No sé qué te pasa.