El Gran Gatsby
El Gran Gatsby Lo seguà cuando saltó la barrera del tren, pintada de blanco, y retrocedimos unos cien metros por la carretera bajo la mirada insistente del doctor Eckleburg. El único edificio a la vista era una casa de ladrillo amarillo que se levantaba en el lÃmite de la tierra baldÃa, en una especie de calle principal mÃnima que bastaba para satisfacer sus necesidades y desembocaba en la nada absoluta. HabÃa tres negocios: uno se alquilaba y otro era un restaurante que abrÃa toda la noche y al que se llegaba por un camino de cenizas. El tercero era un garaje —Reparaciones. GEORGES B. WILSON. Compraventa de automóviles—, en el que entré detrás de Tom.
El interior, vacÃo, era miserable; el único coche visible eran los restos polvorientos de un Ford, encogido en un rincón oscuro. Estaba pensando que aquel garaje fantasmal sólo podÃa ser una cortina de humo que ocultaba lujosos y románticos apartamentos en la planta de arriba, cuando apareció el dueño en la puerta de la oficina, limpiándose las manos con un trapo. Era un hombre rubio, apocado, anémico y de cierta belleza desvaÃda. Nos vio y los ojos, azules, húmedos y muy claros, se le iluminaron de esperanza.
—Hola, Wilson, viejo —dijo Tom jovialmente, dándole una palmada en el hombro—. ¿Cómo va la cosa?
—No me puedo quejar —respondió Wilson sin convencer a nadie—. ¿Cuándo va usted a venderme el coche?