El Gran Gatsby

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Miré a mi alrededor. La mayoría de las mujeres que quedaban se estaban peleando con hombres que decían ser sus maridos. Incluso el grupo de Jordan, el cuarteto de East Egg, se había roto, dividido por la disensión. Uno de los hombres hablaba con inusitada intensidad con una actriz muy joven, y su mujer, después de intentar reírse de la situación haciéndose la digna y la indiferente, perdió completamente el control y recurrió a los ataques por los flancos. Aparecía de repente una y otra vez como un diamante enfadado y decía al oído del marido: «¡Me lo prometiste!».

La resistencia a irse a casa no era exclusiva de los hombres desobedientes. El vestíbulo lo ocupaban ahora dos hombres lamentablemente sobrios y sus mujeres absolutamente indignadas. Las mujeres habían congeniado y hablaban levantando ligeramente la voz.

—Siempre que ve que me lo estoy pasando bien quiere irse a casa.

—No he conocido nunca a nadie tan egoísta.

—Siempre nos vamos los primeros.

—Y nosotros.

—Bueno, esta noche somos casi los últimos —dijo uno de los hombres tímidamente—. La orquesta se fue hace media hora.


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