El Gran Gatsby
El Gran Gatsby —Supón que te encuentras con alguien tan imprudente como tú.
—Espero no encontrármelo jamás —respondió—. Detesto a los imprudentes. Por eso me gustas.
Sus ojos grises, irritados por el sol, miraban hacia delante, impertérritos, pero Jordan habÃa modificado astuta y deliberadamente la naturaleza de nuestra relación, y por un momento creà que la querÃa. Pero pienso las cosas detenidamente y me someto a una considerable cantidad de reglas interiores que actúan como freno a mis deseos, y sabÃa que mi primera obligación era liberarme del lÃo que habÃa dejado pendiente en mi ciudad natal. EscribÃa todas las semanas y seguÃa firmando: «Con cariño, Nick», pero de lo único que me acordaba era de una chica a la que, cuando jugaba al tenis, se le formaba un fino bigote de sudor. Y, sin embargo, existÃa un vago compromiso que debÃa romper con delicadeza para sentirme libre.
Todo el mundo se cree poseedor de por lo menos una de las virtudes cardinales. La mÃa es esta: soy una de las pocas personas honradas que he conocido en mi vida.