Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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De nuevo en su apartamento el ambiente gris volvió a imponerse. El efecto euforizante de los cócteles había desaparecido, dejándolo somnoliento, algo confundido y con inclinación al malhumor. ¿Lord Verulam, él? La simple idea resultaba penosa. Anthony Patch, sin historial de éxitos, sin valor, sin firmeza para aceptar la verdad cuando la tenía delante de los ojos. No era más que un tonto pretencioso, que se inventaba porvenires brillantes a base de cócteles y mientras tanto lamentaba, a escondidas y sin fuerzas para hacer otra cosa, el hundimiento de un insuficiente y lastimoso idealismo. Se había engalanado el alma de acuerdo con los gustos más sutiles y ahora echaba de menos los viejos desperdicios. Estaba vacío, tan vacío como una botella usada…

Sonó el timbre de la puerta. Anthony, poniéndose en pie, se acercó el auricular al oído. Era la voz de Richard Caramel, pomposa y humorística:

—Ha llegado miss Gloria Gilbert.

La hermosa dama

—¿Qué tal? —dijo el joven Patch, sonriendo y con la puerta entreabierta.

Dick hizo una inclinación de cabeza.

—Gloria, te presento a Anthony.

—¡Vaya! —exclamó ella, extendiendo una mano enguantada. Bajo el abrigo de pieles, su vestido era de un azul Alicia-en-el-País-de-las-Maravillas, con encajes blancos tiesamente serpenteantes alrededor de la garganta.


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