Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Hasta donde a él se le alcanzaba, Gloria no se había sometido a ninguno de sus deseos ni había halagado su vanidad, excepto lo que pudiera haber de halago en el hecho de que a Gloria le gustase su compañía. En realidad Anthony carecía de razones para pensar que le hubiese dado algo que no diera también a otros. Y así era como tenía que ser. La idea de que la noche anterior creara algún tipo de vínculo parecía tan poco probable como compatible con los hechos. Y Gloria misma había negado y enterrado el incidente con una mentira decisiva. Ellos dos eran personas con la suficiente imaginación para distinguir el juego de la realidad, y que se proclamaban incólumes precisamente por la poca importancia que daban a sus encuentros y separaciones.
Una vez alcanzada esta conclusión, Anthony se llegó al teléfono y llamó al hotel Plaza.
Gloria había salido. Mistress Gilbert ignoraba su paradero y tampoco estaba al corriente de cuándo regresaría.