Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Aunque desprovisto de la simetría de rasgos esencial en el ideal ario de belleza, a Anthony se le consideraba bien parecido en algunos ambientes; además, su aspecto era muy saludable, con ese aire especial de disfrutar de buena salud que presta la belleza.
Anthony tenía la impresión de que la Quinta y la Sexta avenidas eran los largueros de una gigantesca escalera de mano que se extendía desde Washington Square a Central Park. Subiendo hacia la calle Cincuenta y dos en la imperial de un autobús siempre tenía la sensación de estarse encaramando a fuerza de brazos por una serie de peligrosos peldaños, y cuando el autobús se detenía bruscamente en el suyo propio, descender los empinados escalones de metal hasta llegar a la acera le producía una sensación muy semejante al alivio.
Después, solo tenía que andar media manzana por la calle Cincuenta y dos y alcanzar un aburrido grupo de casas de cuatro pisos, para hallarse en un santiamén bajo los altos techos de su amplia sala de estar. Se trataba de una habitación totalmente satisfactoria. Al fin y al cabo, era allí donde empezaba la vida. En aquella casa Anthony dormía, desayunaba, leía y recibía a sus amigos.
