Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Y en aquel momento sus ojos estaban a punto de desbordarse y no se daba cuenta de que expresaba tan solo una ilusión. Anthony sabía muy bien que había días en los que se herían a propósito el uno al otro, deleitándose casi con la arremetida. Gloria lo desconcertaba continuamente: un rato, encantadora y muy unida a él, tratando desesperadamente de lograr una unión trascendente, difícil de precisar; y a continuación, silenciosa y fría, indiferente, al parecer, a cualquier consideración ligada a su amor o a cualquier cosa que Anthony pudiera decir. A menudo el joven Patch lograba finalmente enlazar aquellas extrañas reticencias con algún malestar físico —Gloria nunca se quejaba de sus padecimientos corporales hasta que los había superado—, o con algún descuido o presunción por su parte, o con algún plato poco satisfactorio durante la cena; pero incluso en esos casos, los medios que Gloria utilizaba para crear las distancias infinitas que la separaban del resto del mundo, eran un absoluto misterio, enterrado en algún lugar de sus veintidós años de orgullo sin claudicaciones.
—¿Por qué te gusta Muriel? —le preguntó él un día.
—No me gusta… mucho.
—Entonces, ¿por qué sales con ella?