Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La bañera, equipada con un ingenioso atril, era baja y muy grande. A su lado, en un armario ropero, se amontonaba suficiente ropa blanca para tres hombres, además de un regimiento de corbatas. Tampoco había allí una toalla vergonzosa con pretensiones de alfombra, sino una pieza magnífica, un milagro de suavidad semejante a la del dormitorio, que casi parecía dar masaje a los pies húmedos que salían del baño…
En conjunto, una habitación donde eran posibles todas las evocaciones; no costaba darse cuenta de que Anthony se vestía allí, de que conseguía allí los peinados perfectos que todos admiraban, y de que, en realidad, hacía allí todo menos comer y dormir. El joven Patch estaba convencido de que si se enamorara colgaría el retrato de la amada frente a la bañera, de forma que, envuelto en los tranquilizantes vapores del agua caliente, pudiera tumbarse, contemplarla y cavilar tibia y sensualmente sobre su belleza.