Hermosos y malditos

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—¡Ya está! —dijo ella, dando a entender que tenía los dedos en carne viva por el brutal trabajo que se le obligaba a hacer.

Anthony consideró, sin embargo, que le había dado una lección provechosa y que el asunto estaba resuelto, cuando en realidad no había hecho más que empezar. Un montón de ropa sucia iba seguido por otro montón de ropa sucia… con largos intervalos intermedios; cada escasez de pañuelos iba seguida por otra nueva escasez de pañuelos… con intervalos mucho más breves; por no mencionar la escasez de calcetines, de camisas, de cualquier cosa. Y Anthony descubrió finalmente que o bien se encargaba él mismo de mandar a lavar la ropa sucia, o tenía que pasar por la prueba —cada vez más desagradable— de una batalla verbal con Gloria.

Gloria y el general Lee

De vuelta hacia la Costa Este se detuvieron dos días en Washington, y pasearon por la capital federal sintiéndose algo molestos en aquella atmósfera de luz demasiado áspera, de distancia sin libertad, y de pompa sin esplendor; daba la impresión de ser una ciudad descolorida y falta de naturalidad. En el segundo día de su estancia cometieron el error de ir a visitar el antiguo hogar del general Lee en Arlington.


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