Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Después de un cauteloso intercambio de cortesÃas, Anthony comprendió que el anciano esperaba de él un esbozo de sus intenciones para el futuro, y al mismo tiempo, un brillo fugaz en los ojos de su abuelo le previno del peligro que representarÃa dar a conocer, por el momento, su deseo de vivir permanentemente en el extranjero. Le hubiese gustado que Shuttleworth tuviera el tacto suficiente para abandonar la habitación —el joven Patch detestaba a Shuttleworth—, pero el secretario se habÃa instalado calmosamente en una mecedora y con ojos descoloridos contemplaba, alternativamente, a los dos Patch.
—Ahora que estás aquà tendrÃas que hacer algo —dijo el anciano con voz suave—, llevar algo a cabo.
Anthony aguardó a que hablara de «dejar algo terminado cuando desaparezcas». Luego presentó una sugerencia:
—Mi idea… creo que quizá lo que mejor podrÃa hacer serÃa escribir…
Adam Patch dio un respingo, imaginándose emparentado con un poeta de largos cabellos y tres amantes.
—… historia —concluyó Anthony.
—¿Historia? ¿Historia de qué? ¿De la guerra civil? ¿De la Revolución?