Hermosos y malditos

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El hombre práctico

Adam Patch, lleno de virtuosa indignación contra los alemanes, se alimentaba de las noticias de la guerra. Mapas con alfileres de colores llenaban las paredes; los atlas se apilaban sobre mesas convenientemente a mano, junto con «Historias fotográficas de la Guerra Mundial», explicaciones oficiales de todo lo sucedido, y las «Impresiones personales» de corresponsales de guerra y de los soldados X, Y y Z. Durante la visita de Anthony, el secretario de su abuelo, Edward Shuttleworth, el en otro tiempo «consumado mago de la ginebra» de Pat’s Place en Hoboken, cubierto ahora con la túnica de la más justa indignación, apareció varias veces con ediciones extraordinarias de algunos diarios. El anciano atacaba cada periódico con incansable furia, cortando las columnas que le parecían suficientemente significativas para conservarlas, arrojándolas inmediatamente en una de sus ya voluminosas carpetas archivadoras.

—Bien, ¿qué has estado haciendo? —le preguntó a Anthony suavemente—. ¿Nada? Bueno, eso es lo que suponía. Quería ir a verte, pero se me ha pasado el verano sin hacerlo.

—He estado escribiendo. ¿No te acuerdas del ensayo que te envié… el que vendí a The Florentine el pasado invierno?

—¿Ensayo? Nunca me has mandado ningún ensayo.


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