Hermosos y malditos

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Tres hombres

A las siete, cuando ya refresca, Anthony y su amigo Maury están sentados a la mesa en la terraza del Ritz. Maury Noble se parece, sobre todo, a un gato grande, cenceño e imponente. Incesantes y prolongados destellos transforman sus ojos semicerrados. Lleva el pelo muy liso y pegado al cuero cabelludo, como si se lo hubiera lamido una hipotética —y, en el caso de existir, hercúlea— madre gata. Durante los años de Anthony en Harvard se le consideraba como la figura más singular de su promoción, el más brillante, el más original: elegante, tranquilo; en suma, uno de los destinados a salvarse.

Este es el hombre que Anthony considera como su mejor amigo. El único, entre sus conocidos, al que admira, y al que también envidia en mayor medida de lo que le gusta reconocerse a sí mismo.

Ahora se alegran de verse: sus miradas están llenas de afecto, porque los dos experimentan la novedad de su reencuentro después de una breve separación. Cada uno se tranquiliza con la presencia del otro, sintiéndose poseedor de una nueva serenidad; a Maury Noble, detrás de ese rostro espléndido y absurdamente gatuno, no le falta más que ronronear. Y Anthony, siempre inquieto, nervioso como un fuego fatuo, recobra la calma.


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