Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—¡Anthony! —La voz de Gloria reflejaba un abatimiento sin límite. Ellos mismos se habían construido una prisión para el verano, para toda la eternidad. Aquello parecía ir directamente contra los últimos cimientos de su equilibrio mental. A Anthony se le ocurrió que quizá lograran arreglarlo con el corredor de fincas. No estaban ya en condiciones de permitirse dos alquileres, y pasar el verano en Marietta significaba renunciar al apartamento de Anthony, el impecable apartamento con el exquisito cuarto de baño y las habitaciones cuyos muebles y cortinas había comprado él mismo —lo más parecido a un hogar que había tenido nunca—, el apartamento tan ligado a cuatro años llenos de colorido.

Pero el asunto no llegó a arreglarse con el corredor de fincas; no se arregló en absoluto. Totalmente desalentados, sin hablar siquiera de sacarle todo el partido posible, y sin que Gloria utilizara sus palabras mágicas «Me tiene sin cuidado», regresaron a la casa que —como ahora sabían perfectamente— no prestaba atención ni a la juventud ni al amor, sino tan solo a aquellos austeros e incomunicables recuerdos que ellos nunca podrían compartir.




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