Hermosos y malditos
Hermosos y malditos ANTHONY. (Dirigiéndose a Paramore) Nunca se sabe cuándo van a aparecer estos dos. Me despedí de ellos una tarde a las cinco, y que me aspen si no los tenía otra vez aquí a las tres de la mañana. Apareció en la puerta un enorme coche de alquiler que venía de Nueva York y de él se apearon, borrachos como cubas, desde luego.
Con prodigioso tacto Paramore se enfrasca en la contemplación de un libro que tiene en la mano. Maury y Dick intercambian una mirada significativa.
DICK. (Dirigiéndose, inocentemente, a Paramore) ¿Trabajas aquí en el pueblo?
PARAMORE. No, estoy en la colonia de Laird Street en Stamford. (Hablando con Anthony) No te haces idea de lo que abunda la pobreza en estos pueblecitos de Connecticut. Italianos y otros inmigrantes. Católicos en su mayor parte, ya sabes, así que resulta muy difícil ganarse su confianza.
ANTHONY. (Cortésmente) ¿Mucha delincuencia?
PARAMORE. No tanta delincuencia como ignorancia y suciedad.