Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Bueno… sí —comentó Anthony—. Mi abuelo estaba siempre obsesionado con la reforma moral y todo eso…

—Lo sé —le interrumpió Mr. Haight sin el menor asomo de ironía.

… creo que nunca tuvo muy buena opinión de mí. No me he dedicado a los negocios, ¿comprende? Pero estoy seguro de que hasta el verano pasado era uno de los herederos. Mi mujer y yo teníamos una casa en Marietta, y una noche al abuelo se le ocurrió la idea de venir a vernos. Dio la casualidad de que estábamos celebrando una fiesta bastante animada y él se presentó sin avisar. Bueno, lo cierto es que echó una ojeada alrededor, él y ese tal Shuttleworth, dio media vuelta y regresó a toda prisa a Tarrytown. A partir de entonces no contestó a mis cartas y ni siquiera me permitió verlo.

—Era partidario de la prohibición, ¿no es eso?

—Estaba en contra de todo lo imaginable… un maníaco religioso de pies a cabeza.

—El testamento que lo ha desheredado, ¿se redactó mucho antes de la muerte de su abuelo?

—No, hace poco… quiero decir, después de agosto.

—¿Y usted cree que la principal razón para no dejarle la mayor parte de la herencia ha sido el disgusto producido por algunas acciones suyas muy recientes?

—Sí.


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