Hermosos y malditos
Hermosos y malditos La Belleza, que nace de nuevo cada cien años, se hallaba sentada en una especie de sala de espera al aire libre, atravesada por ráfagas de viento blanco y de cuando en cuando por una estrella presurosa y sin aliento. Las estrellas al pasar le hacÃan guiños como de viejas conocidas, y los vientos agitaban incesantemente sus cabellos con mucha suavidad. Se trataba de un ser incomprensible, porque, en ella, alma y espÃritu eran una sola cosa: la belleza de su cuerpo era la esencia de su alma, logrando esa unidad buscada por los filósofos durante muchos siglos. En esta sala de espera, hecha de vientos y estrellas, llevaba esperando cien años, sumida en la paz que le proporcionaba su propia contemplación.
Supo finalmente que volverÃa a nacer. Suspirando, entabló una larga conversación con una voz que surgÃa del viento blanco, una conversación que duró muchas horas y de la cual solo puedo dar aquà un fragmento.
LA BELLEZA. (Moviendo apenas los labios, y los ojos, como siempre, vueltos hacia sà misma) ¿Adónde tendré que trasladarme esta vez?
LA VOZ. A un nuevo paÃs… una tierra que no has visto nunca.
LA BELLEZA. (Con petulancia) No me gusta nada tener que irrumpir en esas nuevas civilizaciones. ¿Cuánto tiempo me quedaré esta vez?
LA VOZ. Quince años.
