Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Durante la primera semana, Anthony y los demás reclutas recién llegados encontraron todo su tiempo ocupado por una interminable serie de inoculaciones y exámenes médicos, y de ejercicios preliminares de instrucción. El joven Patch acababa todos los días desesperadamente cansado. Las botas que le entregó un popular sargento de intendencia, persona descuidada, le estaban pequeñas y el resultado era que se le hinchaban tanto los pies que las últimas horas de la tarde se convertían en insoportable tortura. Por primera vez en su vida podía echarse en la litera entre la comida y el toque de llamada para los ejercicios de la tarde y, con la impresión de hundirse cada vez más en una cama sin fondo, dormirse inmediatamente, mientras el ruido y las risas a su alrededor se difuminaban hasta transformarse en el agradable zumbido de una soñolienta tarde de verano en el campo. Por las mañanas se despertaba con agujetas y lleno de dolores, tan falto de consistencia como un fantasma, y corría a reunirse con otras figuras fantasmales que pululaban por la descolorida calle de la compañía, mientras una agria corneta alzaba al cielo gris sus agudos y tartamudos chillidos.