Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Algo después Dorothy contó su aventura a una amiga, y terminada la confidencia, mientras la veía alejarse un relámpago de intuición que su historia iba a llegar a oídos de todo el mundo. Y, sin embargo, seguía sintiéndose mejor después de haberla contado, y hasta un poco cínica, y tuvo lo más parecido a un rasgo de carácter y conociendo a otro hombre con la honesta intención de disfrutar de nuevo. Por regla general a Dot le sucedían las cosas. No es que fuese débil, porque no había nada dentro de ella que le dijera que estaba siendo débil. Tampoco era fuerte, porque nunca supo que algunas de las cosas que hacían eran manifestaciones de valor. Dot no lanzaba desafíos, ni se ajustaba a las normas ni trataba de llegar a ninguna componenda.

Carecía de sentido del humor, pero gozaba en cambio de una manera de ser risueña que le permitía reírse en los momentos adecuados cuando estaba con hombres. Tampoco tenía intenciones definidas: a veces lamentaba vagamente que su reputación eliminara las posibilidades de situarse convenientemente. Y no es que su madre estuviese al tanto de sus amoríos: a mistres Raycroft solo le interesaba que su hija llegara puntualmente todas las mañanas a la joyería donde ganaba catorce dólares a la semana. Pero algunos de los muchachos que había conocido en el instituto pasaban sin saludarla cuando iban con «chicas decentes», y aquello la deprimía mucho. Cuando le sucedía una cosa así se iba a casa a llorar.


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