Hermosos y malditos
Hermosos y malditos LOS primeros fríos tonificantes descendieron sobre Nueva York treinta días más tarde, trayendo consigo el mes de noviembre los tres partidos de fútbol americano más importantes del año y un gran rebullir de pieles a todo lo largo de la Quinta Avenida. También trajeron a la ciudad un ambiente de tensión y de agitación que todos trataban de ocultar. Todas las mañanas aparecían varias invitaciones en el correo de Anthony. Tres docenas de virtuosas doncellas de la capa social más alta proclamaban, si no su deseo, sí al menos su idoneidad, para dar hijos a tres docenas de millonarios. Cinco docenas de virtuosas doncellas de la segunda capa social proclamaban no solo su idoneidad, sino además un tremendo e impávido deseo de conseguir las mismas tres docenas de jóvenes, quienes, por supuesto, estaban invitados a cada una de las noventa y seis fiestas, al igual que el grupo de amigos de la familia, conocidos, universitarios y otros jóvenes deseosos de abrirse camino que se congregaban alrededor de cada una de las señoritas en cuestión. A continuación había una tercera capa de los alrededores de la ciudad, desde Newark y las afueras de Jersey hasta el frío Connecticut y los barrios de Long Island de menor prestigio; y aún era posible seguir bajando capas hasta llegar a los zapatos de la ciudad: muchachas judías que se incorporaban a una sociedad de hombres y mujeres de su misma raza, desde Riverside hasta el Bronx, y que soñaban con un joven y prometedor cambista o un joyero, y una boda de acuerdo con todas las reglas del ritual judío; muchachas irlandesas que lanzaban miradas —con el beneplácito ya de familia e Iglesia— hacia una sociedad de jóvenes políticos municipales, piadosos empresarios de pompas fúnebres y antiguos monaguillos.