Hermosos y malditos
Hermosos y malditos A las siete estaba ya en un coche destartalado camino de la ciudad, donde cientos de muchachitas sureñas esperaban a sus amantes en porches bañados por la luna.
Para entonces Anthony anhelaba ya sus tibios y dilatados besos, la sorprendente quietud de las miradas que le dirigÃa… las miradas más cercanas a la adoración que el joven Patch habÃa inspirado nunca. Gloria y él habÃan sido dos iguales, entregándose sin pensar en dar las gracias o crearse obligaciones. Para aquella muchacha sus caricias eran un don inestimable. Llorando mansamente Dot le habÃa confesado que él no era el primer hombre en su vida; habÃa habido otro… Anthony dedujo que aquella relación habÃa concluido casi antes de empezar.
De hecho, en lo que a él se referÃa, Dot decÃa la verdad. Se habÃa olvidado del dependiente, del oficial de la marina, del hijo del comerciante de ropa hecha; se habÃa olvidado de la intensidad de sus emociones, que es el verdadero olvido. Dot sabÃa que en otra existencia opaca e insustancial alguien la habÃa poseÃdo… era como algo que hubiese sucedido en sueños.