Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Primeros de septiembre en Camp Boone, en el estado de Mississippi. La oscuridad, poblada de insectos, se estrellaba contra el mosquitero bajo cuya protección Anthony estaba tratando de escribir una carta. Desde la tienda de al lado le llegaba una conversación intermitente ligada a una partida de póquer y, en el exterior, un soldado se paseaba por la calle de la compañía cantando una copla chabacana de moda en aquel momento: «Ka-a-a-Katy».
Haciendo un esfuerzo Anthony se incorporó sobre un hombro y, lápiz en mano, contempló la hoja de papel en blanco. Luego, prescindiendo de cualquier encabezamiento, empezó:
No se me ocurre ninguna explicación a lo que está pasando, Gloria. Hace dos semanas que no he tenido noticias tuyas y es lógico que me preocupe…
Tiró la hoja con un gruñido de desagrado y empezó de nuevo:
No sé qué pensar, Gloria. Han pasado ya dos semanas desde que recibí tu última carta, breve, fría, sin una palabra de afecto, y en la que ni siquiera me contabas a grandes rasgos lo que has estado haciendo. No tiene nada de extraño que me haga preguntas. Si tu amor por mí no está completamente muerto, deberías evitar al menos que me preocupe innecesariamente…