Hermosos y malditos
Hermosos y malditos —¡No, no, nada de eso! —denegó Anthony apresuradamente—. Claro que no. Se trata de… se trata de un asunto personal. —Se preguntó si era aquello lo que deberÃa haber dicho. ¡ParecÃa todo tan sencillo cuando Mr. Carleton habÃa ordenado a su rebaño!
«¡No permitáis que os impidan entrar. Hacedles ver que estáis decididos a hablar con ellos, y os escucharán!».
La muchacha sucumbió ante el agradable y melancólico rostro de Anthony, y un momento después la puerta de la habitación interior se abrÃa para dar paso a un hombre alto, de pelo muy brillante, que andaba con los pies vueltos hacia fuera, y que se acercó a Anthony con mal disimulada impaciencia.
—¿QuerÃa usted verme por un asunto personal?
Anthony sintió miedo.
—QuerÃa hablar con usted —dijo con tono desafiarte.
—¿Sobre qué?
—Necesitaré algún tiempo para explicárselo.
—Bien, ¿de qué se trata? —La voz de Mr. Weatherbee indicaba una creciente irritación.
Entonces Anthony, esforzándose con cada palabra y con cada sÃlaba, empezó:
—No sé si ha oÃdo usted hablar alguna vez de una serie de panfletos titulados «Charlas con el corazón en la mano»…