Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Al cabo de una hora y con la ayuda de dos whiskies dobles consiguió decidirse a intentarlo de nuevo. Entró en la tienda de un fontanero, pero nada más mencionar de qué se trataba, el fontanero empezó a ponerse el abrigo con muchas prisas, anunciando malhumoradamente que tenía que irse a comer. Anthony hizo notar cortésmente que era inútil tratar de vender algo a una persona cuando estaba hambrienta, y el fontanero se mostró completamente de acuerdo.
Este episodio animó a Anthony; trató de creer que por lo menos el fontanero le hubiese escuchado de no mediar aquel almuerzo.
Ignorando unos cuantos bazares resplandecientes de aspecto formidable, Anthony entró en una tienda de ultramarinos. Un locuaz propietario le informó de que antes de comprar ningún valor quería ver qué efectos tenía el armisticio sobre el mercado bursátil. Al joven Patch esto le pareció casi una injusticia. En la Utopía del Vendedor de Mr. Carleton la única razón que los posibles compradores daban para no comprar valores eran sus dudas de que se tratase de una inversión prometedora. Las personas con esa disposición eran —a todas luces— presas casi ridículamente fáciles, a las que simplemente se abatía con la juiciosa aplicación de los correctos argumentos mercantiles. Pero estos otros… ¡el problema era que no tenían intención de comprar nada en absoluto!