Hermosos y malditos

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Para ponerle en comunicación con su despacho fue necesaria la intervención de otras dos voces femeninas; la segunda, una secretaria que le pidió el nombre. Únicamente al llegarle a través del auricular el conocido —aunque vagamente impersonal— tono de voz del magnate cinematográfico, Gloria se dio cuenta de que llevaban tres años sin verse. Y, además, él había cambiado de apellido.

—¿Puedo verlo? —sugirió ella con tono intrascendente—. Es una cuestión de negocios, en realidad. Por fin he decidido trabajar en el cine… si es que puedo.

—Me alegro muchísimo. Siempre he pensado que le gustaría.

—¿Le será posible conseguir que me hagan una prueba? —preguntó Gloria con la arrogancia característica de todas las mujeres hermosas y de todas las que en algún momento se consideraron hermosas.

Mr. Black le aseguró que se trataba únicamente de decidir cuándo quería que le hiciesen la prueba. ¿Le daba lo mismo? De acuerdo, le telefonearía más tarde para comunicarle la hora precisa. La conversación terminó con los habituales lugares comunes por ambas partes. Luego, desde las tres hasta las cinco, Gloria estuvo esperando junto al teléfono… pero sin resultado. A la mañana siguiente, sin embargo, recibió una nota que la alegró y llenó de excitación:


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