Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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Una noche, mientras se hallaba frente a Delmonico’s encendiendo un cigarrillo, Anthony vio cómo dos cabriolés se acercaban a la acera, con la esperanza de que quizá algún borracho los alquilara. Aquellos vehículos pasados de moda estaban viejos y sucios: el agrietado charol, tan lleno de arrugas como el rostro de un anciano; los almohadones, descoloridos hasta llegar a un malva pardusco; los mismos caballos, viejos y cansados, y también los hombres de cabellos blancos, que permanecían en el pescante haciendo restallar sus látigos en una grotesca parodia de antiguas elegancias. ¡Una reliquia de desaparecidas diversiones!

Anthony Patch se alejó, repentinamente deprimido, meditando sobre la amargura de tales supervivencias. Al parecer no había nada que se echara a perder tan pronto como el placer.

Una tarde, en la calle Cuarenta y dos, se encontró a Richard Caramel por vez primera después de muchos meses; un Richard Caramel próspero y más gordo, cuyo rostro se estaba redondeando hasta igualarse con el característico semblante bostoniano.

—He llegado esta misma semana de la costa. Quería ir a veros, pero no sabía vuestra nueva dirección.

—Nos hemos mudado.


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