Hermosos y malditos
Hermosos y malditos Anthony se limitó a mirarlo con gesto reprobatorio.
—Cerrad la puerta cuando salgáis. — Hablaba como un niño impertinente.
Gloria lo contempló con una creciente expresión de espanto en los ojos.
—¡Anthony! —exclamó—, ¿qué es lo que pasa? ¿Por qué no has ido al juzgado? ¿Qué es lo que sucede?
—Mirad —dijo Anthony en voz baja—, quiero que os marchéis los dos de aquà ahora mismo. De lo contrario, se lo diré a mi abuelo.
Alzó un puñado de sellos y los dejó caer como si fueran hojas de árboles, multicolores y llamativas, girando y revoloteando en el aire soleado: sellos de Inglaterra y del Ecuador, de Venezuela, de España, de Italia…
Esa exquisita ironÃa celestial que ha planeado la desaparición de tantas generaciones de gorriones recoge, sin duda, las más sutiles inflexiones verbales de los pasajeros de un transatlántico como el Berengaria. Y sin duda estaba escuchando cuando el joven de la gorra a cuadros cruzó la cubierta a buen paso y se puso a hablar con la chica vestida de amarillo.
