Hermosos y malditos

Hermosos y malditos

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—Después de todo, tú eres el más joven y romántico, mi querido Anthony. Tú eres infinitamente más frágil que yo y te asusta mucho más que tu calma se vea turbada. Soy yo quien intenta conmoverse una y otra vez, quien quisiera abandonarse en mil ocasiones, pero sigue siempre siendo el mismo. Nada… consigue… estimularme. Y sin embargo —añadió Maury después de otra larga pausa—, había algo en esa chiquilla y en su absurdo bronceado que era eternamente viejo… igual que yo.

Turbulencia

Anthony se dio la vuelta en la cama, todavía medio dormido; sobre la contraventana había una mancha de sol, cuadriculada por las sombras de los nervios de plomo que sujetaban los cristales. La habitación estaba llena de luz matutina. La cómoda tallada del rincón y el insondable armario ropero ocupaban la habitación como oscuros símbolos de la indiferencia de la materia; solo la alfombra hacía señas a Anthony y se mostraba perecedera bajo sus pies perecederos, y Bounds —horriblemente fuera de lugar con su cuello blando— estaba hecho de una sustancia tan evanescente como las gasas de aliento helado que salían de su boca. Se hallaba muy cerca de la cama, con la mano aún a la altura del sitio donde había estado tirando de la manta, con ojos de color castaño oscuro imperturbablemente fijos en su amo.

—¡Bows! —murmuró el soñoliento dios—. ¿Es usted, Bows?


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