Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Crees que me amarás siempre, criatura. ¡Siempre! ¡Qué presunción, en labios humanos! Has amado ya, ¿verdad? Como yo; recuerda que antaño dijiste también: siempre. Pero te estoy maltratando, te entristezco; ya sabes que mis caricias son feroces. Da igual, prefiero turbar ahora tu felicidad que exagerarla frÃamente, como hacen todos, para que después su pérdida te haga sufrir más… ¿Quién sabe? Quizá más adelante me agradecerás el que haya tenido el valor de no ser más tierno. ¡Ay, si hubiese vivido en ParÃs, si todos los dÃas de mi vida hubiesen podido transcurrir junto a ti, sÃ, me dejarÃa arrastrar por esta corriente sin pedir auxilio! En ti habrÃa hallado para mi corazón, mi cuerpo y mi cabeza una satisfacción diaria que jamás me habrÃa hartado. Pero separados, destinados a vernos raras veces, es horrible. ¡Qué perspectiva! Y ¿qué hacer? Sin embargo… No concibo cómo he podido alejarme de ti. ¡Ése sà que soy yo! Es lo propio de mi lamentable naturaleza. Si no me quisieras, me morirÃa; como me quieres, aquà estoy, escribiéndote que te detengas. Mi propia estupidez me da asco. HabrÃa querido pasar por tu vida como un arroyo claro que hubiera refrescado sus orillas resecas, y no como un torrente que la arrasa. Mi recuerdo habrÃa hecho estremecerse a tu carne, y sonreÃr a tu corazón. ¡No me maldigas nunca! Créeme, antes de dejar de quererte, te habré amado mucho. En cuanto a mÃ, te bendeciré siempre; conservaré tu imagen, empapada de poesÃa y de ternura, como lo estaba ayer la noche en el vapor lechoso de su niebla plateada.