Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Quieres que te envíe algo escrito por mí. No, te parecería demasiado bien. ¿No me has dado suficiente, como para añadir elogios literarios? ¡Quieres acabar convirtiéndome en un fatuo! Además, no tengo nada legible; te perderías entre las tachaduras y las llamadas, pues no he mandado copiar nada. ¿No temes estropear tu estilo al leerme? Querrías que publicase algo en seguida; me excitarías; terminarías por lograr que me tomase a mí mismo en serio (¡y el cielo me libre de eso!). Antes mi pluma corría por el papel con rapidez; también corre ahora, pero lo desgarra. No puedo escribir ni una frase, cambio de pluma a cada minuto, pues no expreso nada de lo que quiero decir. Vendrás a Ruán con Fidias, fingirás encontrarte conmigo y me visitarás aquí. Eso te dejará más satisfecha que cualquier descripción posible. Entonces, pensarás en mi alfombra, y en la gran piel de oso blanco sobre la que me echo durante el día, igual que pienso yo en tu lámpara de alabastro, cuando veía ondular en el techo su luz mortecina. ¿Habías entendido, aquella tarde, que yo me había dado ese plazo? Pues no me atrevía; soy tímido, sabes, a pesar de mi cinismo, o quizá debido a él. Me había dicho a mí mismo: aguardaré hasta que se apague la vela. ¡Oh, qué olvido de todo! ¡Qué exclusión del resto del mundo! ¡Qué suave era la piel de tu cuerpo desnudo… y qué alegría hipócrita saboreaba yo, dentro de mi despecho, mientras los demás seguían allí sin marcharse! Siempre recordaré el aspecto de tu rostro cuando estabas a mis pies, en el suelo, y tu sonrisa ebria cuando me abriste la puerta y nos despedimos. Bajé entre tinieblas, de puntillas, como un ladrón. ¿No era uno, acaso? ¿Son todos tan felices, cuando escapan cargados con su botín?


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