Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Tendremos tiempo; me arreglaré de antemano para estar muy libre. Te llevaré Noviembre; te lo leeré en el hotel, una tarde, a solas. Otro dÃa me leerás tu drama. Iré al teatro, si quieres; haré todo lo que quieras. Hace frÃo; mi césped está espolvoreado de blanco; los árboles de las islas están negros; mi pensamiento helado escapa siempre de estos lugares y vuela hacia ti, para calentarse en tu recuerdo. Veo siempre tu cabeza animada que resalta sobre el fondo rojo de las cortinas. Siento tus papillotes ligeros sobre mi pecho, y toda la suavidad de tu piel que me abrasa el cuerpo. ¿Verdad que me prometes ser más formal, pobre niña mÃa? No llores más, Louise, por compasión hacia mÃ, si no hacia ti. Me parece que el amor debe resistir a todo, a la ausencia, a la desgracia, a la infidelidad, incluso al olvido. Es algo Ãntimo que está en nosotros, y por encima de nosotros a la vez; algo independiente del exterior, y de los accidentes de la vida. Por mucho que hagamos, seremos siempre uno del otro. Aunque nos enfadásemos, volverÃamos siempre uno hacia el otro, como rÃos que regresan a su cauce natural.
Uno no puede sustraerse a la fatalidad de su corazón. Eres mÃa, soy tuyo. Que sufra uno o que goce por ello, ha de ser asÃ; asà es.
¿Te ha consolado un poco Du Camp? Ayer noche debiste recibir una carta. No sé lo que decÃa en ella; no tenÃa la cabeza entera. ¡Ahà tenemos un buen amigo!