Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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Ayer me hicieron una pequeña operación en la mejilla, a causa de mi flemón. Tengo la cara rodeada de vendas, y considerablemente grotesca. Como si no bastaran todas las podredumbres y todas las infecciones que precedieron a nuestro nacimiento y que volverán a afectarnos al morir, no somos durante nuestra vida más que corrupción y putrefacción sucesivas, alternativas, una invadiendo a otra. Hoy se pierde una muela, mañana un cabello, se abre una herida, se forma un flemón, te ponen vesicatorios, te colocan sedales. Añádanse a esto los callos en los pies, los malos olores naturales, las secreciones de toda especie y sabor, y el cuadro que resulta de la persona humana no es muy excitante. ¡Y decir que se ama todo eso! Hasta se ama uno mismo, y yo, por ejemplo, tengo el aplomo de mirarme al espejo sin romper a reír. ¿Acaso la mera contemplación de un viejo par de botas no tiene algo profundamente triste y de una amarga melancolía? Cuando se piensa en todos los pasos que se han dado dentro de ellas para ir ya no se sabe a dónde, en todas las hierbas que se han pisado, en todo el barro que se ha recogido… el cuero reventado, que bosteza, parece decirte: «… luego, imbécil, compra otras, charoladas, relucientes, crujientes, llegarán a ser como yo, como tú algún día, cuando hayas ensuciado muchas cañas y sudado en muchos empeines». […]

Adiós, cuídate bien, guárdate del frío y recibe un largo beso en la boca.


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