Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Toda esa gente que siente mucho, que lo dice y que llora, vale más que yo, pues yo me consuelo de todo porque nada me divierte, y prescindo de todo porque nada necesito. Cuando murió mi hermana, la velé por la noche; estaba junto a su cama, y la miraba, tendida de espaldas con su vestido de boda y el ramillete blanco. Yo leÃa a Montaigne y mis ojos iban del libro al cadáver; su marido dormÃa y tenÃa estertores; el cura roncaba, y yo me decÃa, al contemplarlo todo, que las formas pasaban, que sólo permanecÃa la idea, y tenÃa estremecimientos de entusiasmo ante fragmentos de frases del escritor. Luego pensé que también él pasarÃa. Helaba; la ventana estaba abierta, debido al olor, y de vez en cuando yo me levantaba para ver las estrellas tranquilas, tornasoladas, radiantes, eternas. Y cuando a su vez palidezcan, pensaba yo, cuando lancen, como las pupilas de los moribundos, fulgores llenos de angustia, todo estará dicho; y será aún más hermoso. Asà que me consuelo más o menos de todo contemplando las estrellas, y la vida me inspira una apatÃa tan invencible que me aburre comer, hasta cuando tengo hambre. Lo mismo me ocurre con todo lo demás.