Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Sin embargo, he visto últimamente algo hermoso, y aún estoy dominado por la impresión a la vez grotesca y lamentable que me dejó ese espectáculo. ¡Asistà a un banquete reformista! ¡Qué gusto! ¡Qué cocina! ¡Qué vinos! ¡Y qué discursos! Nada me inspiró un desprecio tan absoluto del éxito, al considerar a qué precio se obtiene. Yo permanecÃa frÃo y con náuseas de asco, en medio del entusiasmo patriótico que excitaban «el timón del Estado, el precipicio hacia el que corremos, el honor de nuestra bandera, la sombra de nuestros estandartes, la fraternidad de los pueblos» y otras tortas de la misma harina. Jamás obtendrán esos aplausos las obras más hermosas de los maestros. Jamás hará brotar el Frank de Musset los gritos de admiración que salÃan de todos los rincones de la sala ante los alaridos virtuosos del señor Odilon Barot, y los lamentos del abogado Crémieux sobre el estado de nuestras finanzas. Y después de esta sesión de nueve horas transcurridas ante pavo frÃo y cochinillo, y en compañÃa de mi cerrajero, que me palmoteaba el hombro en los momentos buenos, volvà helado hasta las entrañas. Por muy triste opinión que tengas de los hombres, te viene la amargura al corazón cuando ante ti se ostentan tonterÃas tan delirantes, estupideces tan descabelladas. En casi todos los discursos se elogió a Béranger. ¡Qué abuso se hace de ese pobre Béranger! Le tengo rencor, por el culto que le profesan las mentes burguesas. Hay gente de mucho talento que tiene la calamidad de ser admirada por pobres de espÃritu: el cocido es desagradable sobre todo porque es la base de las economÃas modestas. Béranger es el cocido de la poesÃa moderna: todo el mundo puede comerlo, y lo encuentra bueno.