Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Las páginas que te han impresionado (sobre el Arte, etc.) no me parecen difíciles de escribir. No pienso rehacerlas, pero creo que las haría mejor. Son ardientes, pero podrían ser algo más sintético. Posteriormente he progresado en estética, o al menos me he afirmado en la posición que ocupé ya al principio. Sé lo que hay que hacer. ¡Oh, Dios mío! ¡Si escribiese el estilo que imagino, qué escritor sería! Hay en mi novela un capítulo que me parece bueno y del que no me dices nada, es el de su viaje a América y todo el hastío de sí mismos seguido paso a paso. Has hecho el mismo comentario que yo a propósito del Viaje a Italia. Es pagar caro un triunfo de vanidad que me halagó, lo reconozco. Yo había adivinado, eso es todo. No soy tan soñador como piensan, sé ver, y ver como ven los miopes, hasta los poros de las cosas, porque meten las narices encima. En mí hay, literariamente hablando, dos tipos distintos: uno que está prendado de gritos, de lirismo, de grandes vuelos de águila, de todas las sonoridades de la frase y de las cumbres de la idea; otro que excava y horada la verdad cuanto puede, a quien gusta acusar el detalle con la misma fuerza que el gran rasgo, que querría hacerte sentir materialmente las cosas que reproduce; a éste le gusta reír y disfruta con las animalidades del hombre. La educación sentimental fue, a mi juicio, un esfuerzo de fusión entre esas dos tendencias de mi mente (habría sido más fácil dedicar un libro a lo humano y otro al lirismo). Fracasé. Por muchos retoques que se den a esta obra (quizá los daré), siempre será defectuosa; faltan en ella demasiadas cosas, y un libro siempre es débil por ausencia. Una cualidad no es nunca un defecto, no hay excesos. Pero si esta cualidad se come a otra, ¿sigue siendo una cualidad? En resumen, en La educación habría que reescribir, o al menos reordenar el conjunto, rehacer dos o tres capítulos y, lo que más difícil me parece de todo, escribir un capítulo que falta, donde se mostraría cómo fatalmente el mismo tronco ha debido bifurcarse, es decir, por qué tal acción ha producido este resultado en este personaje antes que tal otra. Se muestran las causas, también los resultados; pero no el encadenamiento de causa y efecto. Ése es el vicio del libro, y así miente a su título.