Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Me vaticinas porvenir. ¡Cuántas veces he caĂdo al suelo, con las uñas sangrando, las costillas rotas y zumbándome la cabeza, despuĂ©s de haber querido trepar a pico por esa muralla de mármol! ¡CĂłmo he desplegado mis alitas! Pero el aire pasaba a travĂ©s en vez de sostenerme, y al caer rodando entonces, me veĂa en el fango del desánimo. Una fantasĂa indomable me impulsa a empezar de nuevo. IrĂ© hasta el fin, hasta la Ăşltima gota de mi cerebro exprimido. ÂżQuiĂ©n sabe? El azar tiene golpes de suerte. Con un recto sentido del oficio que se hace, y una voluntad perseverante, se llega a lo estimable. Me parece que hay cosas que yo solo siento, que otros no han dicho y que puedo decir. Este lado doloroso del hombre moderno, que tĂş observas, es fruto de mis años jĂłvenes. PasĂ© una buena juventud con el pobre Alfred [Le Poittevin]. VivĂamos en un invernadero ideal, donde la poesĂa nos calentaba el hastĂo de la vida hasta 70° RĂ©aumur. ¡AquĂ©l era un hombre! Jamás he hecho viajes semejantes a travĂ©s de los espacios. Ibamos lejos, sin dejar el amor de la lumbre. SubĂamos alto, aunque el techo de mi cuarto fuese bajo. Hay tardes que se me han quedado en la memoria, conversaciones de seis horas consecutivas, paseos por nuestras costas ¡y aburrimientos entre dos, aburrimientos, aburrimientos! Todos estos recuerdos me parecen de color bermejo, y llamean tras de mĂ como incendios.