Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Las escenas sexta y séptima me parecen atroces, y encuentro en ellas casi todos los defectos reunidos. En cuanto al acto segundo, ¿qué es esa mujer que permanece durante todo el acto en el escenario, haciéndose la sorda y muda, engañando a todo el mundo, salvo al espectador, que siente ganas de gritarle al actor: «¡Le está engañando!». (¿Qué necesidad había de ese personaje? ¿En qué resulta necesario a la acción? ¡Y ese acto desvergonzado tiene trece escenas!) ¡Y qué aburrida resultará su conversación por escrito! Hay que evitar que escriban en escena, siempre aburre el mirarlo. Esa buena señora Lauris, a la que se le arreglan una y otra vez las almohadas, me aburre y me enfada. Se burla indignamente de sus hijos, cuya ternura dará risa. Entonces caemos en la farsa.
Escena tercera. ¡Qué monólogo interminable! Hay que hacer monólogos cuando está uno ya sin recursos, y como exposición de pasión (cuando de hecho no puede mostrarse). Pero aquí es para hablarnos de lo que vemos, es decir, la vida interior de ese château. Inútil.
En cuanto al ave que se dibuja, el loro disecado que el actor tendría que tener en la mano haría estallar de risa a la sala, y bastaría por sí solo para hacer caer una obra maestra. ¿Cómo es posible que no lo hayas visto?