Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet ¡Vamos, ríete! Hoy estoy alegre, no sé por qué; la dulzura de tus cartas de esta mañana corre por mi sangre. Pero no vuelvas a contarme lugares comunes como éstos: que es el dinero lo que me ha impedido ser feliz; que si hubiese trabajado me habría encontrado mejor. ¡Como si bastase con ser mozo de botica, panadero o tratante de vinos para no aburrirse aquí abajo! Todo eso me lo ha dicho demasiadas veces una multitud de burgueses, como para que desee oírlo de tu boca: la estropea; no está hecha para eso. Pero te agradezco que apruebes mi silencio literario. Si he de decir algo nuevo, se dirá por sí mismo cuando haya llegado el momento. ¡Oh, cómo me gustaría crear grandes obras para agradarte! ¡Cómo querría verte vibrar ante mi estilo! Yo, que no deseo la gloria (y con más ingenuidad que la zorra de la fábula), querría tenerla para ti, para arrojártela como un ramo de flores, con el fin de que sea una caricia más, y un suave lecho donde se recostaría tu mente cuando pensase en mí. Me encuentras guapo; querría serlo, quisiera tener cabellos ensortijados, negros, que cayeran sobre hombros de marfil, como los adolescentes griegos; quisiera ser fuerte y puro. Pero cuando me miro en el espejo y pienso que me amas, me encuentro de un ordinario indignante. Tengo las manos duras, las rodillas separadas y el pecho estrecho. Si al menos tuviese voz, si supiera cantar, ¡cómo modularía estas largas aspiraciones que se ven obligadas a deshacerse en suspiros! Si me hubieses conocido hace diez años, era fresco, aromático, exhalaba vida y amor; pero ahora veo que mi madurez linda con el ajamiento.