Cartas a Louise Colet

Cartas a Louise Colet

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[…] ¿Te he dicho que estuve, hace unos días, en un entierro (el de un tío de mi cuñada)? Empiezo a estar harto de lo grotesco de los funerales, pues es algo aún más tonto que triste. Volví a ver allí a muchas caras de Ruán olvidadas. ¡Qué cosa! Estaba junto a dos cuñados del difunto que charlaban sobre el tamaño de los árboles frutales. Como era en el cementerio donde están mi padre y mi hermana, me vino la idea de ir a ver sus tumbas. La visión me conmovió poco; allá no hay nada de lo que yo amé, sino solamente los restos de dos cadáveres que contemplé durante unas horas. Pero ellos están en mí, en mi recuerdo. La visión de una prenda que les perteneció me produce más efecto que la de sus tumbas. ¡Qué tópico, la idea de la tumba! Allí hay que estar triste, es la norma. Una sola cosa me conmovió, es ver en el pequeño recinto un taburete de jardín (igual que los que hay aquí) que mi madre, sin duda, mandó llevar. Hay una comunidad entre este jardín y el otro, una extensión de su vida sobre esa muerte, y como una continuidad de existencia común a través de los sepulcros. Los antiguos prescindían de todas esas porquerías de carroñas. El polvo humano, mezclado con aromas e incienso, podía guardarse encerrado entre los dedos, o echarse a volar hacia los rayos del sol, ligero como el polvo del camino real. Adiós, voy a acostarme, ya es hora. Tuyo, mil y mil besos de tu

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