Cartas a Louise Colet
Cartas a Louise Colet Quieres que te enseñe latÃn. ¿Para qué? Además, tendrÃa que saberlo yo. Eres más que indulgente cuando me tratas de hombre que conoce a fondo las lenguas clásicas. Espero llegar, dentro de algunos años, a leerlas con más o menos fluidez. Por carta me parece difÃcil conseguir hacer algo bueno. Por lo demás, ya hablaremos de ello. No tengo ánimo para trabajar. No hago nada. Camino arriba y abajo por mi despacho; me echo en mi diván de tafilete verde y pienso en ti. Las tardes, sobre todo, se me hacen de una longitud agotadora. Me fastidia la inteligencia; querrÃa ser completamente sencillo para amarte como un niño, o si no, ser un Goethe o un Byron.
En cuanto tenga la carta de Fidias, dejo aquà a mi amigo (aunque viene ex profeso) y acudo a verte. Ves que ya no tengo corazón, ni voluntad, ni nada. Soy algo fláccido y tierno que funciona a tus órdenes; vivo, en sueños, en los pliegues de tu vestido, en la punta de los bucles ligeros de tu cabello. Aquà tengo algunos. ¡Qué bien huelen! Si supieras cuánto pienso en tu rica voz, en tus hombros, cuyo olor me encanta aspirar… Mira, querÃa trabajar y no escribirte hasta esta noche. No he podido; he tenido que ceder.
Adiós, pues, adiós; dejo en tu boca un beso largo y profundo.